La cosmovisión indígena nos reta a "re-conocer" la naturaleza



Hace poco acompañé a un equipo de Humanos por la Abundancia a la comunidad de Mushullakta con el maestro de restauración de ecosistemas Omar Tello.


En un taller sobre cómo interconectar tradiciones culturales a la restauración de ecosistemas definimos el ecosistema de la comunidad como una triangulación del bosque que la rodea, la biodiversidad que trae vida al bosque y la cultura de la gente que vive en él.


Aunque la comunidad escuchó muy generosamente, y aunque estaba claro que todos entendían bien el español, era evidente que no estábamos hablando en el mismo idioma de conocimiento.


Esto me llevó a pensar: ¿Cuántas veces a la semana pronunciamos o escuchamos frases como “esto lo sé” o "soy experto en...”? Parecen simples preludios a una conversación, pero en realidad representan presunciones asimiladas que en esta publicación de blog queremos desafiar.


El "conocer algo” está arraigado a una particular forma de conocimiento. Por ejemplo, la afirmación “Sé que talar el bosque amazónico acelera el cambio climático” por lo general va asociada a la confianza que tenemos en el conocimiento que se deriva del método científico.


Seguro has visto reportes o incluso gráficos que muestran una relación entre la desaparición de los bosques y el aumento de temperaturas. En efecto, los estudios científicos (en su gran mayoría) sugieren que estos estudios son ciertos, lo que te da confianza para decir “yo lo sé”.


A lo largo de mi vida, sobretodo a través de mi educación formal, he conocido esta forma de conocimiento. Me enseñaron esta forma de conocer el mundo y de sacar conclusiones para la toma de decisiones. Sin embargo, ¿es ésta la única forma de entender el mundo? ¿Debería ser ésta la forma predominante de conocimiento?


Tomando en consideración nuestro seres en conjunto, nuestras emociones, nuestros cuerpos y nuestras relaciones, ¿resulta siquiera una forma efectiva de conocimiento?


Por 20 años, he tenido el privilegio de trabajar con comunidades indígenas en Ecuador y lo que me han enseñado, sobre todo, es que si de verdad queremos hacerle frente a los mayores desafíos del planeta, debemos primero replantearnos el cómo lo entendemos.


Para explicar lo que quiero decir con esto, volvamos al tema del cambio climático.


Hace algunos años, un líder indígena y yo hablábamos sobre lo que tendríamos que hacer para mejorar la forma de enseñar sobre cambio climático. Yo le hablaba de los miles de estudios y gráficos catastróficos que usamos en el mundo occidental, mientras que él me escuchaba pacientemente. Al terminar mi exposición, él me respondió: “¿y cómo les está yendo con eso?”.


Sintiéndome derrotado, le dije, “bueno, no del todo bien”.


Fue entonces que me mostró una imagen de una maravillosa pintura en la que la naturaleza se mostraba viva de la manera en la que los humanos nos encontramos vivos. Su pelo caía y se extendía sobre el agua, y ella miraba hacia atrás, viendo las montañas y nubes, las que también mostraban formas humanas, a través de rostros de músicos andinos tradicionales.


Recuerdo haberme deslumbrado con la imagen, ya que no sólo podía ver las imágenes, sino que hasta podía escuchar la música de las montañas y las nubes mientras tocaban. La pintura era una canción y aunque yo no la podía nombrar, sí podía escucharles tocar.


Mi amigo me dijo, “Para nosotros, el cambio climático no es una serie de gráficos que llegan a un punto de quiebre. Es la lenta desaparición de la canción que estás escuchando. Es perder contacto con esos sentimientos que la canción nos trae. Es la historia de una energía viva que se representa en imágenes y en canción a la vez. Así es como sabemos que el cambio climático es real. Y hasta que nuestro mundo sienta un impacto similar, hasta que la catástrofe afecte sus canciones, nada se podrá hacer para detenerlo.


¿Por qué? Porque en realidad no "conocen" lo que es el cambio climático.



Ciertamente, nuestras formas de conocimiento están tan enraizadas con nuestra forma de vida que casi de inmediato clasificamos a lo que consideramos conocimiento válido y confiable de lo que vemos como poco sofisticado e irrelevante. Creemos “saber” que cierto conocimiento importa más en el “mundo real”. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme si el real “mundo real” sobrevivirá nuestra dominante forma de conocimiento.


Si queremos un planeta en el que nuestros nietos tengan aire que respirar y agua que beber, yo sugiero que nos permitamos ser vulnerables a formas alternativas de conocimiento sobre este planeta que es nuestro hogar.


Las formas indígenas de conocer nuestro planeta son relacionales y encarnan formas de conocer la energía viviente a la que mi amigo me introdujo. No se oponen al pensamiento occidental, pero sí denuncian la separación entre pensamiento y sentimiento.


El conocimiento encarnado es “pensar-sentir” y el conocimiento relacionante es “junto a…” Ambas, las forma encarnada y la forma relacionante de conocer nuestro mundo, son en conjunto “pensamiento-sentimiento y planeta”. A esto se debe que escuches a gente indígena expresar alabanzas a “todas mis relaciones”, que incluyen las montañas, ríos, bosques y cielo.


Aprender nuevas formas de conocimiento es un proceso que exige cuestionar nuestras suposiciones constantemente.


En Mushullakta, cuestionamos nuestras suposiciones después de notar que no estábamos hablando en mismo lenguaje de conocimiento, por lo que durante el receso, pedimos a los líderes que definan "ecosistema" con sus propias palabras.


Su respuesta fue simple y directa. "Ecosistema es ñukanchik kawsay que significa "nuestra energía viviente".



Al escuchar estas conmovedoras palabras, me transporté a la pintura que mi amigo me mostró hace casi una década, y con la guía de la comunidad, empecé a pensar en cómo podemos "re-conocer" y reintegrar esta energía viva en nuestras vidas.


Si de verdad esperamos terminar con la deforestación y enfrentar el cambio climático, es tiempo de repensar la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre la naturaleza.


Debemos observar nuestro planeta entendiendo a nuestros entornos naturales como organismos vivos y protagonistas de nuestra historia; y también necesitamos ver a la tierra como si fuera nuestro cuerpo. Los árboles son nuestros ancestros, tanto como nuestros tatarabuelos lo son, los ríos que recorren los campos son como la sangre que recorre nuestras venas, y las montañas y nubes nos cantan canciones como las que les cantamos a nuestros niños.


Nosotros todavía trataremos de entenderlo a través de gráficos, pero además debemos tratar de entendernos a nosotros mismos, entender que el mundo es parte de nosotros y que nosotros somos también parte de él.







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